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domingo, 17 de febrero de 2013

LA VIEJA SIRENA




Glauka es ahora una vieja sirena que, jubilosa por la gracia recibida, se inclina con apasionado fervor, besa reverente el umbral de la gruta, eleva su agradecido corazón a la Eterna, la que pervive con diferentes nombres, la Madre de sucesivos dioses, el gran  Útero, origen sagrado de toda vida.


La vieja sirena se arrastra con las manos, tal como subió  la escala aquella remota noche y se sorprende al recordar. Tiene memoria y comprende que no la ha perdido porque sigue siendo súbdita del tiempo y de la muerte. Contemplando el mundo sublunar se da cuenta de que  aquella catarata que la arrebató  al convertirse en mortal acaba de petrificarse. La nube se desplaza, sí, en lo alto, la punta de los cipreses se balancea, pero son movimientos de durmientes, balbuceos inexpresivos. Lo mismo ocurre en sus ríos interiores: La sangre, la linfa, sus humores siguen sin duda corriendo al impulso del tiempo, pero apenas los perciben los ahora los torpes sentidos de Glauka.

Y entonces la vieja sirena tiene prisa…

Texto extraído de la novela la vieja sirena.
José Luis Sampedro


Fotografía de Jurema

martes, 24 de julio de 2012

HOJA MARCHITA

 Imagen de Jurema

Cada flor tiende a ser fruto, cada mañana tiende a convertirse en noche, nada hay eterno en esta tierra, excepto el cambio o la huida.También el verano más hermoso quiere sentir alguna vez otoño y lo marchito.

Mantente, hoja, quieta y con paciencia, si intenta el rapto alguna vez el viento. Juega tu juego sin nunca defenderte, deja que tranquilamente ocurra, y por el viento que te arranca déjate soplar hacia tu casa.

Texto Hermann Hesse

jueves, 22 de enero de 2009

MUJERES QUE CORREN CON LOBOS..

"... Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto. Los lobos y las mujeres son sociables e inquisitivos por naturaleza y están dotados de una gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivos y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertos en el arte de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes.
Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamente acusados de ser voraces, taimados y demasiados agresivos y de valer menos que sus detractores. Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto de no dejar ni rasto de él. La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los comprenden es sorprendentemente similar..."

(Extraído de "Mujeres que corren con los lobos",
Clarissa Pinkola Estés

lunes, 1 de septiembre de 2008

LA ESTATUA SIN ROSTRO

Tres son los venenos que afligen nuestra mente: el deseo, el rechazo y la confusión. La confusión proviene del apego o la repugnancia por algo.

No todas las almas están en condición de escuchar o comprender las verdades con que se encuentran. La vida es como un horno que nos va sancochando hasta tenernos listos para afrontar nuestras auténticas tareas limpiándonos de la distracción.

Al comienzo de nuestra vida disponemos de un cuerpo cambiante, se nos da un nombre, y se nos ofrece la tarea de construirnos una personalidad. Este es un proceso gozoso. Toda diferencia respecto a los otros es aplaudida como una ventaja. Pero, como contrapartida, cada paso que damos en la vía de la diferencia es un paso más en el camino de la soledad, donde la exhibición de un ego diferenciado carece de sentido.

Por establecer una comparanza, el ego es como una estatua sin rostro a la cual tratamos permanentemente de buscarle una máscara embellecedora. Y evidentemente cada máscara es falsa en la medida que todas son verdaderas máscaras.

El ego teme ser desenmascarado y enfrentarse a su propia carencia de rostro. Muchos son los trucos que emplea para rechazar el reconocimiento de su ficción y vacuidad. Rechaza los cambios, pues sólo lo permanente le parece que existe. Para tratar de ser algo busca opiniones ajenas y las adopta como propias, trata de crear ideas y puntos de vista. Asume las señas de identidad de un grupo. Procura modificar una realidad y estampar en ella su firma. Acapara objetos, que denomina pertenencias. Ansía ser reconocido por los otros, o lo que es lo mismo, busca el prestigio o la fama.

Si fracasan todos estos trucos al ego le queda un último recurso: el sufrimiento. El abatimiento, la sensación de fracaso y la autocompasión son tentaciones difíciles de resistir, por que remiten con fuerza al ego sufriente que las padece.

Sin embargo, todo este itinerario, señala una y otra vez en una dirección desconocida, un camino de aventura que debemos de tener el suficiente valor de transitar.

Manuel Garcia Weil

miércoles, 9 de julio de 2008

HERMANN HESSE

La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo, la tentativa de un camino, la huella de un sendero.
Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo; pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos, más claramente otros, cada uno como puede. Todos llevan consigo, hasta el fin, viscosidades y cáscaras de huevo de un mundo primordial.
Alguno no llega jamás a ser hombre, y sigue siendo rana, ardilla u hormiga.
Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez.
Pero cada uno es un impulso de la Naturaleza hacia el hombre.
Todos tenemos orígenes comunes: las madres; todos nosotros venimos de la misma sima, pero cada uno –tentativa e impulso desde lo hondo- tiende a su propio fin.
Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno.
Hermann Hesse
Demian

lunes, 7 de julio de 2008

EL ALEPH

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor.
Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba.
El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.
Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo.
Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?